Carta de Juan Pablo Fantino, socio refundador.

Cualquier similitud con la realidad, no es pura coincidencia, es siempre… elección.

 

Rompiendo con la tradición, en la herencia de colores paternos, dicha falencia en el árbol genealógico y la eterna testarudez de un primer hijo único, parecía retraer mi elección frente a la primera pregunta obligada hacia un purrete por parte de ajenos al saludo callejero, o entre las parcialidades del resto de la familia los domingos, con el famoso interrogante mezquino, de estrategia balance, para inducirte a si sos uno u otro, sin espacio a ser muy diferente…

Fue en ese entonces, frente a un quehacer doméstico, cuando un amigo laboral del más antiguo de la familia arribo a afrontar dicha tarea. Entusiasmado por el oficio de aquel hombre, compartido al del viejo pero que por tercera edad ya no podía cursar, pareciera que todo lo que dijera o hiciera, debía copiarlo e imitarlo, dejando atrás esas contradicciones que por forzoso expresaba. Unas simples palabras de aquel ferroviario iniciaron la historia, cuando era un infante acido de persuadir, esbozando en vez de aquel interrogante común cotidiano, una sorpresiva afirmación, ¡La de levantar la bandera azulgrana!

Con la iniciativa tomada, muy errado estaba en un discurso inocente, tanto por inmaduro e ignorante diciendo que “combinaba un color de cada uno” para seguir escapando a esos domingos de insistencia por parte de los demás. Mucho tuvo que ver mi preciada madre, como defensora de decisión, para hacer valer por mí mismo, a pesar de la escasa pilcha de aquella época, de sus bajos recursos y otros colores, cuando recorrió cada rincón imposible, consiguiendo la casaca, regalo que acompañara, los entrenamientos de deportes que por obligación cursaba, para mantenerme ocupado en su ausencia y formarme bajo las estrictas disciplinas que lo físico y mental demandaban. De todos ellos, baloncesto, natación, ajedrez entre otros, el fútbol fue mi parada favorita y transpirando cada uno, defendí esos colores en los entrenamientos por los primeros años hasta la adolescencia, naciendo propio, para sacarme de encima el prejuicio acompañante de los que por inferioridad e inconveniencia, me querían someter y suprimir.

Más adelante, cuando la redonda era el sueño para la segunda pregunta que te regalan al verte crecer, en esas mismas misas de domingo familiar, para saber qué vas a hacer de tu vida cuando seas grande, primero, debía finalizar estudios. En busca de los gustos que anestesien el obligado deber, un colegio industrial salesiano en zona norte, muy lejos de mi residencia, en el oeste de la provincia, permitía a largos viajes diarios, ejercer aquel oficio que tanto me había llamado la atención tiempo atrás y me habían enseñado con lujo de detalle mientras crecí, además de dar espacio al saber que necesitaba demostrar y plasmar en tiempos libres, llamados ateneos, el cuero redondo de la ilusión en un predio compartido por la entidad, de nombre Claudio Marangoni, el pique de la grande, carreras al mejor tiempo y hasta los científicos movimientos en una biblioteca. Tres pasiones se unieron en los años clave de un hombre y cuando ya tenía a fuego marcado lo vivido, leí que, misma suerte, el padre Lorenzo transmitió en adolescentes, a principios del anterior siglo y de algún extraño modo se había depositado en mí, cuando mis amigos compañeros y hasta profesores, olvidaron mi nombre real y solo me referían como el capitán cuervo.

Juan Pablo mostrando su carnet de socio refundador.

Juan Pablo mostrando su carnet de socio refundador.

La realidad, siempre come tobillos y al cumplir la mayoría de edad, concluido el secundario, te da la sensibilidad de sentir en la piel de los pies, que debajo de la suela, existe la tierra y a uno, que mucho andar tuvo, el callo del talón le demanda, trabajo y casa, que felizmente se convierte por el amor, en consecuente hogar y familia, donde haces realidad tus sueños y los domingos, son parar copar donde se juegue, la semana para hacer deporte, construir sociedad y dejar de condicionar el futuro con preguntas ideales de mesa armada

Así cruce camino con la compañera, que difícilmente alguien entienda, ferroviaria del Oeste, residente de capital federal, Flores, de mismos ideales, aunque con colores diferentes, que al mostrarle mi corazón, me acompaña día a día en la lucha. Hoy como sueño compartido, desde Boedo al mundo, depositamos las coincidencias en el lugar donde crecemos como relación y en el que, nuestras nueve estrellas en la bandera, eligieron para hacer la institución que soñaron.

Ser socio re-fundador, es la reivindicación de origen, identidad y pertenencia. En estos cinco metros, tres propios como mis pasiones y dos compartidos para forjar el mañana, sin forzar las casualidades, son el camino elegido y construido, que nos une en la misma causa. Solo resta que se escriba la historia del mañana, la mía y la de ella, la de él, viejo gasómetro querido, la de los que vendrán y la todos nosotros, juntos, sobre las bases firmes elegidas, como Club Atlético San Lorenzo de Almagro, en Av. La Plata al 1700 y para siempre.

Ya hicimos dos canchas, hacer tres (Estadio Papa Francisco) de nosotros depende

 

Juan Pablo Fantino| Socio Ref. N°3933

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